No hay nada más humano que la tecnología

Lo tecnológico es muy humano. Y es sorprendente que creamos lo contrario, situando (sobre todo) a los millennials y toda suerte de juventud aquejada por la opresión de las eternamente nuevas tecnologías en una terrible época de barbarie virtual deshumanizada.

Lo tecnológico es tan humano como el momento de su concepción. Y nuestros comportamientos en nuestra interacción con la tecnología, el resultado propio de algo social. Obviando las velocidades de adaptación, las máquinas, la IA, el análisis de grandes cantidades de datos, la realidad virtual, la comunicación global y transversal o el uso de aplicaciones móviles son el resultado de elevar lo humano a su máximo exponente, en la búsqueda por la profundidad de nuestro propio desarrollo para llegar más allá pero también más acá, más adentro. No son más que el estudio de nuestras propias acciones que, aceleradas o potenciadas, multiplican sus posibilidades para facilitarnos la vida, para alcanzar nuestras metas, para conocernos mejor.

Gestos archiconocidos e igualmente rechazados como mirar el móvil en reuniones de amigos, sustituir el papel por la pantalla, conocer y comunicarnos a media y larga distancia a través de distintos canales, escuchar música, jugar o simplemente comunicarnos por escrito mientras caminamos, mientras haya un atisbo de sociedad, serán duramente juzgados. Lo cierto es que uno siempre busca con la mirada el hueco entre dos personas en el metro, por la calle prefiere edificios que ojos y, en general, nadie se para a hablar con un desconocido mientras espera en una cola.

«La humanidad está en riesgo y muchos de los peligros los hemos creado nosotros mismos», decía hace un año el celebérrimo Stephen Hawking en una entrevista para la BBC, haciendo referencia a hechos tan palpables hoy como el cambio climático, los peligros de una guerra nuclear o los virus de ingeniería genética. Todo fruto del avance de la tecnología y la ciencia. ¿Pero acaso hay algo más humano que la destrucción de la propia especie?

LA DEPENDENCIA DE LAS HERRAMIENTAS

En una visión apocalíptica de los hechos, tendemos a pensar que la tecnología nos hace esclavos, nos aturde y nos llega a acomplejar para normalizar las relaciones sociales. Es el fruto de las conclusiones de quien no lo conoce, del desinformado, de quien prefiere quedarse donde está, flotando en el espacio de la calma. Un lugar donde no se avanza sin impulso.

Pero la historia de la evolución es también el cuento de cómo las herramientas nos han ido haciendo más libres, más eficaces, más fuertes como especie. En contraposición con la idea de que las herramientas nos hacen dependientes de ellas, la visión integrada de que nos ayudan a crecer y evolucionar, a servirnos de ellas para seguir conociéndonos y explorando el vasto mundo que nos rodea. La informática, las comunicaciones, el transporte, la biología o la medicina son ejemplos que nos hacen entender los increíbles aspectos positivos del avance de la tecnología.

Depender de la tecnología no es entonces en sí un problema como tal. La cuarta revolución industrial supone un cambio para el que no estamos adaptados aún. Pero como sucede con cualquier otro cambio de estas magnitudes, la curva de adopción funciona de forma irregular para los distintos segmentos sociales. Mientras los early adopters ya están esperando para comenzar la próxima incursión tecnológica, los escépticos continúan lejos de creer que la novedad pueda aportar un cambio útil, sabiéndose así menos dependientes, más humanos.

Nada más lejos de la realidad. Como decimos, la historia de la humanidad es la historia de las revoluciones, de los cambios, de la adaptabilidad y mejora a través de las herramientas (que ahora son tecnológicas). El cuidado solo debe estar en el uso que hacemos de las nuevas máquinas. La legislación, como siempre, va un paso por detrás de los avances y los cambios sociales que estos suponen: tratamiento de datos, control de nuestros vehículos con los coches autónomos o de nuestras casas con la domótica, la capacidad de fabricar casi cualquier objeto con la impresión 3D, los avances en computación cuántica… Tecnologías que, en las manos equivocadas, puede volverse en nuestra contra.

Sin embargo, ni el fuego nos hizo esclavos, ni la rueda, así como tampoco la imprenta, las fábricas o la informática. A su manera, cada uno en su momento tuvo sus acérrimos detractores. Una vez normalizado, fuera del boom inicial, los distintos agentes sociales han sabido sacarle partido y hacer de su uso algo práctico. Tan humano como el fuego, la rueda, los libros o la tecnología. Tan humano como ir en el metro mirando en el móvil el muro de Instagram, utilizar la velocidad de crucero en nuestro coche, servirse de Google Maps o de Siri, recibir información de un chatbot o dejarse aconsejar por un algoritmo que decide por nosotros.

Porque tantos unos como otros han sido programados para complacernos, para hacernos la vida más fácil, más humana. ¿Hay algo más humano que un algoritmo, que tiene en cuenta cientos de factores de nuestro propio comportamiento en búsquedas, relaciones, conversaciones, navegación, compras, intenciones?

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