La luz de la creatividad

A punto de volver a replantearnos nuestra existencia con la llegada de Blade Runner 2049, donde la filosofía de la existencia de los replicantes vuelve a sembrarnos una duda recurrente (como también pudo pasarnos en Matrix o, de otra forma, en Ex Machina), el continuo enfrentamiento a nuestra propia creación nos conduce también a la necesidad de esperanza, del factor X que nos haga únicos frente a la nueva especie creada por el ser humano: los robots.

La conexión y a la vez la diferenciación de lo humano con la tecnología se evidencia en la continua búsqueda de las emociones mediante la investigación y la extracción de datos con el fin de aprovecharlo a través de técnicas como el remarketing o la hipersegmentación de las comunicaciones. El conocimiento del usuario o cliente se presenta cada vez más profundo con el big data, donde a cada momento se suman informaciones que enriquecen lo que sabemos de él, que lo hacen más completo y que, además, nos muestra sus puntos débiles como consumidor. Y, con este conocimiento, pretendemos y logramos que las máquinas actúen por sí mismas. Creen campañas. Conduzcan. Piensen.

En este contexto, las fábricas oscuras o lights out son el principio de un temor infundado. Son fábricas en las que, al descartarse por completo del ser humano  como trabajador y productor, no se requiere ninguna luz ─porque las máquinas no necesitan ver─, y ya empiezan a vislumbrarse como algo casi normal. Dicho temor habla del miedo a ser prescindibles. De ser sustituidos por robots cada vez más especializados, más técnicos, más rápidos, más exactos. Más baratos al medio y largo plazo.

Un miedo que no es nuevo pero que se engrandece con la cada vez más desarrollada Inteligencia Artificial, con la creciente autonomía de los robots y su abanico creciente de posibles tareas a ejecutar.

 

El lugar del ser humano en un mundo dominado por la robótica

¿Qué lugar tiene el ser humano en una empresa que puede automatizar todos sus procesos? ¿Y qué lugar tiene en otra donde, además, se automatiza la automatización de procesos? Donde los sistemas informáticos se programan a sí mismos. Donde se autogestionan, se autoevalúan, se corrigen al mismo tiempo que aprenden. Como Alfred, tienen capacidad para aprender del entorno y establecer algoritmos que ayuden a su adaptabilidad a las circunstancias, añadiendo nuevos conocimientos por cada nuevo reto.

La luz de estas fábricas oscuras, de esta inmersión en la ejecución de tareas de forma sistemática, es justamente todo el valor añadido. La luz en este nuevo paisaje que es un calco de la época de la industrialización es todo aquello que aún nos pertenece, que nos es innato. La creatividad.

Desde la reflexión más simple, que es síntoma de nuestra propia consciencia, hasta la resolución de problemas más complejos optando por caminos poco previsibles, resultado de barajar opciones que tienen más que ver con emociones o sentimientos, la experiencia vital o la empatía humana, casi toda creatividad puede escaparse (aún) al control de las máquinas.

Hasta el momento, nosotros somos los que decimos a las máquinas qué tienen que examinar, dónde tienen que mirar, cómo presentar los datos. La Inteligencia Artificial no puede improvisar un conocimiento sobre el humor, el sarcasmo, los dobles sentidos del lenguaje que se rigen por el contexto, la frustración, la añoranza o la morriña. Los sentimientos. El amor.

Todavía.

Y toda creatividad nace de ese tipo de emociones más profundas. Y necesita de la tecnología para seguir avanzando. Del mismo modo que la tecnología necesita de la creatividad humana para resultar útil.

¿Soñarán los androides, finalmente, con ovejas eléctricas?

 

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